Saltar al contenido

Segundo Ruiz Belvis y Ramón E. Betances Alacán masones: unos apuntes


  • Mario R. Cancel Sepulveda
  • Historiador y escritor

De acuerdo con el investigador Oscar Gerardo Dávila del Valle, en 1866 existían en Puerto Rico tres grupos de obediencias masónicas: los orientes españoles, las adscritas a la Gran Logia de Colón de Cuba fundada en 1859, y las adscritas a la Gran Logia de Santo Domingo surgida de un proyecto de rehabilitación de la hermandad iniciado en 1858. Aquellas convivían con una masonería de filiación estadounidense que algunas vinculan a Filadelfia. Fue en la logia Unión Germana número 8, fundada acorde con esta fuente el 26 de julio de 1866 en San Germán, de oriente dominicano, donde se ordenó. La afinidad política con la causa dominica y su lucha por restaurar la independencia frente a España durante los años 1861 a 1863 culminó en afinidad masónica.

Acorde con algunas fuentes, allí laboró hasta 1867 y alcanzó el grado de Gran Maestro lo cual es poco probable dada la complejidad de los requerimientos de este tipo de órdenes para un ascenso de esa naturaleza. Otras fuentes sugieren que Ruiz Belvis auxilió a Betances Alacán en la fundación de la Logia Yagüez número 10 también de oriente dominicano.  Los comentaristas sugieren que esa logia  “nunca tuvo solar”, se reunía en “templo abierto” y practicaba la “masonería forestal” propia de los “carbonarios”. Aparte de Ruiz Belvis y Betances, componían la misma algunos de los expulsados a raíz del “Motín de los Artilleros”, que ingresaron al “Comité Revolucionario de Puerto Rico” en Santo Domingo y promovieron la creación de “Sociedades Secretas” camino de la insurrección de 1868 incluyendo a “Capá Prieto” de Mayagüez.

Aquel proceso nos informa sobre la diversidad ideológica en el seno de la Masonería. Si bien la filosofía masónica exigía profesión de tolerancia y neutralidad en temas religiosos y políticos, la reflexión sobre esos temas siempre estuvo presente. La diversidad es patente. Los investigadores han confirmado la orientación integrista, conservadora y asimilista de los orientes españoles, las afinidades separatistas anexionistas de algunas logias de oriente estadounidense y la orientación liberal, separatista independentista y antillanista de las logias dominicanas de aquellos años. Las tendencias no derivaban de la filosofía masónica sino de la heterogeneidad de las preferencias político-ideológicas de los hermanos masones.

 

Segundo Ruiz Belvis

¿Qué tipo de masones fueron Ruiz Belvis y Betances Alacán?

A fin de comprender la situación de Ruiz Belvis y Betances Alacán en la Masonería voy a depender de un argumento de Dávila del Valle en un artículo de 1998. Este autor sugiere la  existencia en la Masonería de una Masonería radical. Si uso el lenguaje de otro investigador del tema, José Antonio Ayala en un texto de 1989, las diferencias entre ambas eran obvias. A pesar de que coincidían en la “profesión de progresismo, tolerancia y amor al género humano”, en temas como la neutralidad en religión y política diferían. La excepcionalidad de Ruiz Belvis y Betances Alacán como masones se relacionaba con ello. Su activismo entre 1856 y 1866 no dejaba duda de que  fueron “masones radicales”. El “radicalismo” tenía que ver con lo que Dávila del Valle denomina la “herencia carbonaria” y “jacobina” que tuvo en Louis Blanc (1811-1882) y Giuseppe Mazzini (1805-1872) dos iconos. Es su conjunto, los tonos dominantes eran su republicanismo antimonárquico, el anticlericalismo feroz, su predisposición por la acción revolucionaria, su proximidad al “asociacionismo”, el “cooperativismo” y la “filantropía” y por su ansiedad por construir la “fraternidad universal” o “Liga de la Naciones” en el modelo de  la “Anfictionía” kantiana.

Debo destacar dos asuntos de relevancia. No es difícil descubrir en ese conjunto coincidencias con el separatismo independentista, abolicionismo radical y la idea de la unión o confederación de las Antillas en una nación colectiva de pequeñas naciones. Tampoco es difícil percibir ciertas coincidencias con el pensamiento antisistémico que develaba las injusticias del capitalismo ascendente. Ruiz Belvis, si uso un argumento del investigador francés Paul Estrade en una conferencia de 2007 era un “masón inconforme” o un “heterodoxo dentro de la heterodoxia” como señalaba Dávila del Valle. Su actitud demostraba que siempre se podía ser más radical si la situación lo exigía.

 

¿Cómo interpretaba el orden hispano-católico a los masones como Ruiz Belvis y Betances Alacán?

La imagen de Ruiz Belvis y Betances Alacán ante el orden colonial no era buena antes de 1866. Cuando se ordenaron en la Unión Germana número 8 y fundaron la Yagüez número 10, la misma empeoró. Un funcionario de telégrafos, periodista e historiador adicto al dominio español, José Pérez Moris, ha dejado en un libro de 1872 un interesante perfil que se ajusta a la representación conservadora del masón radical a la altura del 1867. A Ruiz Belvis lo catalogaba como el “jefe de los separatistas desde antes de ir a Madrid”, poseedor de un temperamento dominado por la “audacia”, el “mal carácter” que se expresaba en un “lenguaje mordaz y atrevido”. Era un ser humano “agrio y agresivo”, “intratable y altanero” que expresaba sin pudor su “desprecio a la sociedad respetable”. Afirmaba que Ruiz Belvis era una de esas personas que “no se hacen amar, pero se imponen”.

Pérez Moris, acorde con datos suplidos por informantes de la “sociedad respetable” de Mayagüez, lo calificaba como un librepensador, materialista, partidario de la ciencia, anticatólico y ateo. Los calificativos iban in crescendo como una ola. Un libre pensador no hacía otra cosa que afirmar que las ideas respecto a la verdad debían formarse sobre la base de la lógica, la razón y la experimentación. Esa postura sugería un rechazo franco a toda autoridad sacralizada, tradición o dogma. Entre librepensamiento y agnosticismo había numerosos puntos de conexión que el catolicismo rechazaba. Aquellas prácticas habían sido condenadas en el Syllabus Errorum de Papa Pío IX en 1864, documento que recomendaba la excomunión del masón por cuenta de su supuesto ateísmo. No hace falta aclarar que Pérez Moris era integrista y católico. Por eso los signos de fortaleza de “carácter” de Ruiz Belvis son leídos como un “defecto”.

El perfil de Pérez Moris sobre Ruiz Belvis, el masón radical, desemboca en una impresionante caricatura de la “crueldad”. De las anécdotas que adjudica al abogado de Hormigueros, la que lo describe como un “don Juan Tenorio” y un cínico que negaba la nacionalidad española mientras se regocijaba por la ejecución de dos soldados españoles desertores es poca cosa. Lo que realmente le preocupaba era el lenguaje ofensivo y sarcásticos que usaba al referirse a los “misterios de la religión” y las “continuas burlas y sarcasmos” contra la Iglesia y el clero, en presencia de numerosas “señoras y señoritas” de “familias honradas y cristianas”. Pérez Moris proyecta un Ruiz Belvis fieramente anticlerical que afirmaba que “no había Dios, que la Religión era un mito ideado por los hombres para mantener al género humano en la ignorancia y en el despotismo”.  De acuerdo con la fuente aquellas aserciones hicieron que el Obispo Fray Benigno Carrión lo citara para solicitarle una rectificación. Lo cierto es que Ruiz Belvis tenía una relación profesional con el Obispo en el contexto de su proyecto de colegio se segunda enseñanza para la ciudad de Mayagüez en 1866. Si el “regaño” fue cierto, hasta donde se sabe, no afectó el respaldo del Obispo para el plan educativo de Ruiz Belvis.

El retrato demoledor culmina con una acusación de que hipotecó la Hacienda Josefa de su padre y la echó perder y que personalidades como la suya y la de Betances Alacán, “empequeñecen y calumnian a Cortés y a Pizarro” por lo que no merecen la hispanidad. El acento de la diatriba estaba puesto en cómo ofendían los valores hispanos y cristianos. Exageradas o no estas afirmaciones, la imagen de un revolucionario político y social que también era masón radical no era simpática para el régimen colonial.

Anuncios

Segundo Ruiz Belvis: apuntes para una lectura desde el presente


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

Ruiz Belvis nació en 1829 en el barrio Hormigueros de San Germán. Provenía de una familia, los Belvis, que cargaba un pasado venezolano y había estado vinculada al Patronato y Mayordomía de Fábrica del Santuario de Monserrate en Hormigueros, uno de los focos de fe más poderosos de la isla a principios del siglo 19. La relación de Ruiz Belvis con esa institución hispano católica que no encajaba del todo en el engranaje de la iglesia institucional por sus fuertes raíces populares, fue determinante para algunos de sus proyectos civiles, sociales y culturales al final de su vida.

El ciudadano Ruiz Belvis se desarrolló al interior de los sectores privilegiados de la colonia. Era hijo de hacendados azucareros con propiedades en toda la región, su padre José Antonio Ruiz Gandía (1810-1868) había estado activo en la política municipal de Mayagüez y fungió como alcalde casual de la ciudad. Ruiz Belvis y sus hermanos tuvieron acceso al capital cultural que, por aquel entonces, aseguraban las carreras profesionales dado su origen de clase. Como se sabe, estudió la preparatoria en Caracas y completó Derecho Canónico y Civil, como lo requería la educación jurídica de la época, en la Universidad Central de Madrid, espacio en el cual desarrolló una red de relaciones con otros inmigrantes de la colonia que marcaron su vida para siempre.

 

Segundo Ruiz Belvis

A su regreso a Puerto Rico en 1857, según la tradición familiar, se insertó en la vida política de Mayagüez. Desde esa fecha y hasta 1867 fungió como Síndico Procurador (1857-1858), administró una oficina legal privada ubicada en La Marina Meridional en la calle de la Aduana y, luego, en la Candelaria (1862 y 1863), y actuó como Juez de Paz (1866) de la ciudad. Su labor como Síndico puntilloso molestó a algunos. El Síndico era, en el derecho clásico, el “abogado y defensor de una ciudad”, el depositario y responsable de los bienes públicos que también representaba los intereses de los esclavos registrados en caso de que sus derechos fuesen violados. Un síndico cuidadoso podía ser un dolor de cabeza para quienes pretendían usar el servicio público en el Ayuntamiento para su beneficio personal, como solía suceder. Por eso cuando se postuló para la posición en 1862 y 1863, no obtuvo los votos suficientes para ocuparla otra vez. Los colaboradores más cercanos de Ruiz Belvis en aquel periodo parecen haber sido José García de la Torre, ex-síndico de la ciudad y a quien consideraba un modelo o un maestro dado que manifestaba preocupaciones jurídicas similares a las suyas; y los médicos Betances Alacán y José Francisco Basora, con quienes compartía las ansiedades abolicionistas y separatistas.

El Puerto Rico al cual retornó Ruiz Belvis en 1857 atravesaba por una situación complicada. Junto a los viejos problemas que emanaban de la relación colonial con una monarquía autoritaria y católica, asomaban otros enormes retos. El monopolio hispano del mercado, la centralización del poder, la fragilidad de los ayuntamientos y la intención hispana de perpetuar el esclavismo y el trabajo servil que tendía a desaparecer del panorama internacional, eran algunos de ellos. El fin de la esclavitud en Estados Unidos al cabo de una guerra civil en 1864, representó un punto de giro para muchos antillanos. Lo cierto era que, terminados los tiempos de gloria de la economía de hacienda azucarera, la industria atravesaba por una situación deprimente. Las condiciones del mercado internacional le exigían entrar en un proceso de modernización del mercado de capital y laboral, y en una revolución tecnológica que la hiciese competitiva otra vez. El régimen hispano le ponía frenos a aquel proceso por miedo a perder su poder sobre el territorio.

A los imperativos materiales se sumaban los humanitarios y sociales. El espíritu filantrópico y fraterno del cual Ruiz Belvis participaba, se traducía en el reclamo de abolición de la esclavitud y de la libreta de jornaleros y la institucionalización de un mercado laboral libre más justo. Las relaciones coloniales estaban en crisis y los sectores inteligentes del país responsabilizaban al esclavismo, al trabajo servil y a la Monarquía Española que los justificaban, de una parte significativa de la crisis.

Ruiz Belvis era parte de aquella ofensiva crítica de activistas que, apoyados en el liberalismo clásico, el republicanismo y las ideas democráticas, favorecían la descentralización del poder ya fuese en el marco del federalismo o del municipalismo, y señalaban con insistencia los males de su tiempo. El sólo hecho de articular un discurso de esa naturaleza lo convirtió en una persona “sospechosa” e “inconveniente”. El panorama era más complejo. Las ideas antisistémicas que comenzaban a penetrar a la Europa avanzada a mediados del siglo 19, cuando Ruiz Belvis se formó en Madrid, también son evidentes.

A todo ello el abogado de Hormigueros añadió el componente del separatismo, el independentismo y el antillanismo emergente. Buena parte de su grandeza tiene que ver con esa concepción de que siempre se puede ser un poco más radical y contestatario si así las circunstancias lo requieren. El discurso de los activistas como Ruiz Belvis, sin ser un masón activo, estaba impregnado de ideas filantrópicas, fraternas y antisistémicas que encontraban un eco en el ideal masónico. Por ello a nadie debe extrañar que, durante el año 1866, fuese ordenado masón, como se verá más adelante. En su caso, aquel conjunto de principios se combinó con una fuerte dosis de secularismo y el anticlericalismo como protesta ante la alianza que existía entre la Monarquía Española y la Iglesia Católica para justificar el expolio del país.

Aquel conjunto de ideas filantrópicas, fraternas y antisistémicas, traducían la protesta universal contra los efectos deshumanizadores que derivaron del desarrollo del capitalismo moderno en Europa, y de la inserción del Puerto Rico en los circuitos del mismo en una condición asimétrica por colonial, durante la primera mitad del siglo 19. No todos aquellos grupos ideológicos desembocaron en el anticapitalismo, como fue el caso de una diversidad de  tendencias antisistémicas. Pero la voluntad de re-humanizar el mercado y la sociedad a fin de crear un orden más educado, justo y e igualitario era moneda común.

Es importante llamar la atención, sin embargo, sobre un hecho incontestable. No todos los activistas siguieron el modelo de Ruiz Belvis y no todos los masones articularon una praxis activista como la de aquel. Cualquier generalización en esa dirección siempre será cuestionable. Las formas que tomó el activismo político social y masónico, en especial los debates al interior de los grupos que se pueden documentar en Europa y Puerto Rico, no dejan dudas al respecto. El activismo político social y la Masonería, mostraron una originalidad extraordinaria a la hora de enfrentar los conflictos de su tiempo. Pero el hecho de que ambas vías representaban una protesta contra un orden considerado inicuo y retrógrado por su identificación con los valores del Antiguo Régimen también es irrefutable. La Racionalidad, la Libertad y el Progreso al que aspiraban era el mismo. La pregunta que hay que responder es cómo el activismo político social y el masónico se compenetraron en la figura del abogado de Hormigueros.

 

 

 

Trilogía: grabados de Rubildo López


Nota: El texto que sigue es un comentario en torno a la colección de los grabados del talentoso artista puertorriqueño nacido en Hormigueros Rubildo López (1965- ) expuestas el 9 de junio en las actividades culturales del Desfile Puertorriqueño en la ciudad de Nueva York. Agradezco al colega y amigo la oportunidad de dialogar con su producción artística desde la historiografía y la literatura.
  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia (RUM)
  • Conferenciante de Estudios Puertorriqueños (CEA de PR y el C)
“…entran a la vida como a un desierto; están en la vida como en un mar sin playas; salen de la vida como naves, como nubes, como sombras. Mal entrar, mal estar y mal vivir. ¡Ay de los tristes!”
Hostos Bonilla (1898) sobre la muerte de Betances Alacán

Si un extranjero me preguntara como resumir en pocas palabras un siglo como el 19 a la luz de la idea de la resistencia, me limitaría a pronunciar tres nombres: Ramón Emeterio Betances Alacán (1827-1898), Segundo Ruiz Belvis (1829-1867) y Eugenio María de Hostos Bonilla (1839-1903).

Betances Alacán

Sus vidas estuvieron marcadas por la ansiedad de adelantar, en lo posible, la construcción de un Puerto Rico moderno. A la luz de la razón, la ciencia, el deber y la pasión, aquella trilogía convirtió su recorrido vital por la historia en un testimonio revolucionario imperecedero. Los elementos de aquel compromiso con el proyecto común de adelantar a su país son bien conocidos.

En lo político, la promoción de la separación de una España agotada y decadente y el deseo de contribuir a la independencia de Puerto Rico incluso al costo de una violencia que consideraban inevitable. La garantía de aquella independencia descansaba en la posibilidad de fundar una unión antillana capaz de confrontar en Cuba y Puerto Rico el colonialismo hispano, y de garantizar en República Dominicana y Haití una independencia precaria y superar  las diferencias históricas entre las dos naciones de la Española ya liberadas del imperialismo español y francés.

La unión antillana se enunciaba con profunda conciencia del pasado y como una necesidad

Ruiz Belvis

urgente de su presente. Pero también manifestaba una voluntad premonitoria de futuro. Ella debería garantizar la inserción de las Antillas en un mundo cambiante como una nación común y frenar la tentación española de recuperar las posesiones perdidas y el impulso del expansionismo estadounidense por estrenarse como poder imperialista en las islas.

 

En lo social, compartieron la preocupación por un concepto de justicia social que en el siglo 19 aspiraba fundar el trabajo libre mediante la abolición de la esclavitud negra y del trabajo servil articulado en la libreta de jornaleros. La abolición del trabajo obligatorio y de la servidumbre fue una de las mayores aspiraciones del siglo 19 en el mundo europeo americano y una de las gestas más significativas para el adelanto del derecho moderno a nivel global.

Hostos Bonilla

Si un extranjero me  preguntara de qué material estaban hechos esos tres seres, no vacilaría en decir que estaban construidos de actos, de riesgos y de exilios y que, probablemente, de sus manos creadoras emanaría el dulce olor de las armas del rebelde: la pólvora y la tinta. Los tres poseían la memoria que se guarda y depura, y las letras que se producen y se difunden con la pasión de un magisterio que nunca termina.

El médico caborrojeño, el abogado de Hormigueros y el educador de Mayagüez serían suficientes para llenar simbólicamente un siglo. Ruiz Belvis, descendiente de venezolanos e hijo de hacendados azucareros; y Betances Alacán y Hostos Bonilla hijos de inmigrantes dominicanos, crece el primero  en el seno de una familia de hacendados azucareros y comerciantes, y el segundo en una de  funcionarios municipales. Tres figuras de la región oeste de Puerto Rico que una vez caminaron por estos pueblos, tres puertorriqueños marginados, tres antillanos insumisos, tres hispanoamericanos que han dejado su huella en el mundo a pesar de todo.

En Hormigueros, Puerto Rico a 1º de junio de 2017

Mario R. Cancel y su mirada histórica al presente nacional  


Comparto el texto completo de la entrevista con el Dr. Félix Cruz  “Mario R. Cancel y su mirada histórica del presente nacional” en El Post Antillano-Cultura, 10 de octubre de 2016.

¿Qué es la microhistoria? ¿Por qué es significativa? ¿Cómo se integran la microhistoria a la macrohistoria?

La microhistoria es una praxis historiográfica que maduró en las décadas de 1970 y 1980 en diversas partes del mundo occidental  y que se propuso establecer un diálogo con la macrohistoria y la historia social y económica que dominaba el panorama de la disciplina. El diálogo entre la mirada micro y la macro  podía conducir en diversas direcciones. En algunos casos ratificaría sus conclusiones pero en otros las impugnaría y forzaría a la revisión parcial de las interpretaciones dominantes. Lo que distinguía la microhistoria de la macrohistoria era lo que se llamaba entonces la “escala” de la mirada. Se presumía que dado que la escala se reducía al detalle, la interpretación sería más densa o profunda y tendría la capacidad de devolver al ser humano una imagen confiable de su papel dentro de la historia. La microhistoria partía de la premisa de que tanto lo habitual como lo excepcional eran temas legítimos para la historia y presumía que la dilucidación de ambos podía iluminar las interpretaciones macrohistóricas y enriquecer sus conclusiones. La virtud de la microhistoria bien articulada es que pone en duda la continuidad de los macrorelatos y llama la atención sobre la cuestión de la discontinuidad y heterogeneidad que caracteriza la evolución de la humanidad. La concepción autoritaria que suponía que ciertos temas estaban agotados y que ya habían sido discutidos hasta la saciedad fue minada. La opción de volver sobre ciertos lugares del pasado desde la escala micro multiplicó las posibilidades de la discusión de una manera geométrica.

Horomico_presentacion¿Cómo defines la historia nacional? 

La veo como un proyecto en construcción, como un relato tentativo con aspiraciones autoritarias que aspira decir cómo es colectivamente una comunidad humana con vínculos culturales múltiples. Es un relato que cada generación tiene que revisar y reinventar acorde con las circunstancias cambiantes del contexto desde la cual se la mira, desde su presente. En el momento en que se imagina que la historia nacional es un relato acabado y se la sacraliza se mutila su dinamismo. Ya no vale la pena volver a ella con entusiasmo y hacerlo equivale a una aporía o a un acto ofensivo. La historia nacional no es el producto de la acumulación de la historias de las partes como alguno puede suponer: el todo no es igual a la suma de las partes. En ese sentido es un problema intelectual que posee ciertas peculiaridades en el caso puertorriqueño que agrían la existencia de quienes usan el concepto con liberalidad o por tradición en el escenario colonial.

¿Qué importancia tiene el suroeste en el desarrollo de la nación puertorriqueña? ¿Cómo defines histórica y culturalmente el suroeste?

Tiene la misma importancia que puede tener otra región: aquella que le adjudiquen sus historiadores cuando la trabajan profesionalmente. Algunos historiadores han llamado la atención sobre el hecho de que el suroeste expresa un tipo de conciencia regional que emana de su filiación histórica con el viejo partido de San Germán y le dan un papel especial en el todo de la historia de Puerto Rico. Alegan que posee unas características que lo distinguen por ejemplo del viejo Partido de Puerto Rico. No lo pongo en duda. Lo que me preocupa es que ello vaya a derivar en un culto irracional de la diferencia que se traduzca en una errada imagen de que somos más auténticos o más verdaderos. He visto florecer esa actitud en numerosos historiadores locales, historiadores de lo pequeño, curiosos, folcloristas y amantes de lo pintoresco. No los condeno por ello. Toda labor alrededor de la memoria histórica es meritoria en algún sentido. Pero el cultivo del orgullo local y la historiografía profesional, aunque pueden darse la mano, son cosas distintas. Una pregunta de esa naturaleza puede responderse de una perspectiva macrohistórica desde la política, la economía, la correlación de clases sociales, la discursividad cultural y siempre nos dejará con más dudas que precisiones.

Define la cultura puertorriqueña desde la perspectiva del historiador. ¿Cuántas culturas existen en el país? ¿Sobrevivirá la cultura nacional una nueva ola de represión colonial?

La cultura puertorriqueña, en un sentido amplio, es la forma en que la diversidad de los componentes de lo que identificamos como Puerto Rico enfrentan y resuelven con recursos inmateriales los problemas que les impone la realidad material. En ese sentido preguntar por la matemática de la misma (cuántas son) es una pregunta sin respuesta. Me sentiría irresponsable subyugando este asunto a la alquimia trinitaria a la que redujeron la pregunta de la cultura el historiador Salvador Brau o el antropólogo Ricardo Alegría. Ese tipo de afirmaciones sirven para comunicar una explicación cultural pero corren el peligro de congelarse argumentativamente. Por el contrario, tienen que ser problematizadas de una manera agresiva para que se comprenda que la identidad y la cultura que nos distingue no es una y que cambia constantemente. La forma en que la gente responde a este tipo de planteamientos y problemas es un abanico completo: van desde los extremos de volcarse en el mercado para consumir hasta escribir un poema. No me parece que sea un asunto cuantificable. De lo que sí estoy seguro es que sobrevivirá precisamente por ese dinamismo incierto que la caracteriza y que, me consta, es común a cualquier otra cultura, no sólo de esta. Es posible que el producto de ese proceso disguste a algunos pero, de hecho, muchos elementos de la cultura puertorriqueña trinitaria y refinada que muchos cultivan no son de mi entero agrado.

¿Cuál es tu visión del sistema educativo de Puerto Rico? ¿Fomenta la historia?

No fomenta la historia. No creo que sea porque la teme o la ve como una amenaza: es más probable que sea porque sus burócratas y sus profesionales la desconocen. El conocimiento del pasado produce efectos distintos en personas distintas. Me parece, sin embargo, que el problema principal del sistema educativo público y privado del país no hay que buscarlo en sus maestros y sus estudiantes sino en el poder insólito que tienen el capital y la política partidista, ambos encabezados por ideólogos de suma torpeza, en su administración. En verdad no entiendo como profesionales respetables y con un genuino compromiso académico se ponen al servicio de la clase política que controla el sistema educativo preuniversitario y universitario. O son ilusionistas que imagina que pueden cambiar las cosas o en verdad arriman la brasa a su sardina. No lo sé, nunca les he preguntado y tampoco lo haré.

Las acciones tomadas por el gobierno federal guardan similitudes con periodos coloniales españoles, ¿Cuál entiendes es la posición de la metrópoli en cuanto a Puerto Rico? Analizando los periodos históricos y ante la aparente muerte del autonomismo, ¿hacia dónde se dirige Puerto Rico? ¿Se definirá el país?

El Reino de España y Estados Unidos son dos imperios distintos pero iguales. La sujeción colonial con uno u otro es igual pero distinta. En cuanto a la posición de Washington sobre Puerto Rico, arriesgaría mucho si me dedicara a predecir el futuro pero me parece que, desde 1989, el Congreso que siempre es cambiante, y que traduce una parte de la opinión de lo que llamamos acá Estados Unidos, ha sugerido que prefiere una relación distinta con Puerto Rico que no sea la estadidad. Cualquiera de las otras estaría bien si le garantizara a aquel país una posición privilegiada en la relación con el nuevo ente político separado. Lo que ha faltado en Puerto Rico es un sector activo e influyente que adopte ese proyecto estadounidenses como suyo del mismo modo en que lo hicieron los populares desde 1938 cuando la situación presentaba numerosas analogías con el presente. Los populares soberanistas no han sido capaces de ello y los pipiolos son remisos al mismo.  En verdad la diferencia entre dependencia e independencia es cada vez más laxa. El problema es que ninguna de esas opciones es plausible en el marco de la crisis fiscal y económica actual. Debo aclarar que esto no significa que la estadidad no sea posible. Esa es una cómoda tesis política que se ha repetido desde la década del 1930. Soy de los que creo que este tipo de escenarios cualquier cosa puede suceder. Los historiadores no hablamos con la seguridad de un dios ni somos arúspices.

¿Cómo impactará la junta la educación la cultura y la historia del país? ¿Volverá el carpeteo?

Desconozco los planes concretos para el sistema escolar y universitario públicos que son los que están a su alcance. Sé que con la mirada contable que domina ese septeto, tocarán los presupuestos de ambos sistemas. Son dos de los renglones más costosos del presupuesto colonial y la eficacia del sistema escolar ha sido puesta sistemáticamente en duda desde hace años. Me consta que  buena parte del presupuesto en educación se consume en nómina y burocracia. El asunto que me llama la atención es que eso ya lo sabíamos hace años. La sugerencia de que se revisase ha sido un reclamo persistente de muchos, pero el engranaje político-partidista nunca le puso atención a ello. Si se revisan las estructuras de la educación pública ello cambiará las condiciones de mercado de la educación privada en ambos niveles. No me atrevo a adelantar más. En cuanto al carpeteo solo te digo una cosa ¿cómo puede regresar algo que nunca se ha ido? La naturaleza del estado es la coerción y la vigilancia es un engranaje importante de ello. Desde aquí saludo a la gente que tenga por trabajo vigilarme.

¿Cuál es el rol del historiador en la sociedad actual? ¿Logrará el historiador romper con el estereotipo elitista que lo enajena del resto de la nación? ¿Cómo puede acercarse el historiador a las comunidades?

Me parece que los historiadores tienen una función irrelevante en sociedades abocadas al presente, que no fomentan la revisión crítica del pasado y que viven al servicio del mercado y el consumo. Eso no significa que no cumplan alguna función en el circuito de circulación de la información y la cultura. Su elitismo, como en el caso de los economistas o los geopolíticos o los novelistas, no es un mero estereotipo. Tiene que ver con la complejidad técnica de la tarea que hacen. Ese elitismo se alimenta con la ilusión que muchos historiadores se crean de su propia grandeza. Después de todo, una sociedad con demasiados historiadores sería una distopía inútil. Un historiador profesional con los rasgos de un líder populista o de difusor de medios (al estilo de un politólogo de oficio) me parece una imposibilidad. El elitismo no debería impedirle comunicarse con la gente. Para acercarse a las comunidades tiene que mediar la intención y el interés de las comunidades, que ellas reclamen a los historiadores. Una vez allí este tendrá  que responderle las preguntas que preocupan a las comunidades a sabiendas de que no siempre son las que les preocupan a los historiadores. Los otros modos de acercarse tales como el sistema educativo, la colaboración con el estado en calidad de asesores culturales, los medios masivos de comunicación y la Internet, plantean problemas particulares que no todos los historiadores son capaces de enfrentar por una diversidad de razones. 

En los últimos dos años hemos visto una multiplicidad de encuentros entre historiadores, educadores, gestores culturales, comunidad… ¿se estará creando consciencia de la importancia que tiene la historia para el pueblo? ¿Busca Puerto Rico conocerse a sí misma a través del análisis histórico?

Me parece que buena parte de ese activismo es para el consumo de quienes se sienten convocados por el mismo. El impacto fuera de ello no lo sabría evaluar. No soy muy optimista en cuanto a hasta dónde nos llevará ese activismo como pueblo. Ya sabes que parto de la premisa de que la historia nacional y el pueblo que lo habita son proyectos en construcción o conceptos tentativos. Eso sí, el interés por el pasado en tiempos de crisis política, fiscal y económica se hace pensando en el presente, no en el pasado. Se mira al pasado para comprender la naturaleza  del problema que nos agobia, pero las acciones que se tomen sobra esa base serán para el hoy. Esto resulta en una triste paradoja. El historiador se ve en la situación de  informar cosas que ya sabía  a gentes que las había escuchado y no las creía o no les hacía caso. El efecto de estos actos habrá que evaluarlo un poco más tarde. No me parece apropiado hacerlo ahora.

¿Por qué eres historiador?

Creo que lo he dicho en otras ocasiones. Decidí serlo para desentrañar el misterio que producían en mí los relatos de mis abuelos y la pobreza material de mis padres. Uno se inserta en proyectos de vida como este buscando una satisfacción moral. Se trata de un acto de pasión. Estudiar historia, literatura, humanidades y archivística fue para mí un modo de salir de un círculo vicioso ominoso. Luego de ello, hacerme historiador o escritor era la forma de completar aquella formación con un acto en el cual pudiera expresarme como creador. Creo que la historia y la literatura son artes complejas cuya práctica te ayuda a completarte como persona si no sabes o no tuviste tiempo de aprender a hacer otras profesiones bien.

¿Quién es la persona que más ha influido en tu vida? ¿En tu carrera?

La pregunta es complicada. La vida y la carrera se intersecan y, a veces, se me hace difícil separar la una de la otra. La pasión en ambos espacios es la misma, desde mi punto de vista. En mi caso los modelos se multiplican a través del tiempo acorde con las situaciones particulares en las cuáles se les encuentra. Si se trata de las figuras decisivas para la etapa formativa y la juventud son cuatro y todos ellos han muerto. En el territorio de la historiografía fueron Germán Delgado Pasapera y Loida Figueroa Mercado. Me pusieron en contacto con los temas que todavía hoy trabajo con pasión. En el territorio de la literatura creativa Luis Julio Cartañá Otero y Carmelo Rodríguez Torres. Ellos me indujeron el entusiasmo por el tema de la identidad puertorriqueña y caribeña, la dulzura de la evasión por medio de la escritura literaria, la poesía y la narración y la relevancia de la etnicidad en medio de un orden racista. La influencia de estas figuras, no se malinterprete, está más allá de las cuestiones ideológicas. He acabado viendo el mundo de una manera distinta a la cual ellos me lo mostraron. Lo que les debo son las interrogantes que me guiaron. Estoy consciente de que soy responsable de las respuestas que di a cada una de ellas. Los años de vida cerca de ellos me aclararon lo que significa ser un intelectual y un ser humano. Esas son cosas  que no aprenderás en ninguna universidad o libro.

 

(Des)obediencia: Un breve comentario sobre el libro De Horomico a Hormigueros: 400 años de resistencia


  • Prof. Vibeke L. Betances Lacourt

Lo poco que sé sobre el pueblo de Hormigueros se lo debo a los siete años en los que estudié en sus escuelas. Hasta hace unos días, este pueblo había sido para mí, cuna de Ruiz Belvis pero, sobre todo, hogar de fervientes devotos a la virgen de la Monserrate. Lo que sé sobre Ruiz Belvis, no lo aprendí en las escuelas hormiguereñas, sino en un libro de hombres y mujeres ilustres que mi mamá me regaló cuando apenas estaba en quinto grado. Para ese entonces, estaba en una escuela en San Germán por la que sentía cierta apatía así que había decidido que si Hormigueros era la cuna de Ruiz Belvis, también sería la mía. Como consecuencia, aprendí el himno de su pueblo -ahora mío- y me prometí nunca más ceder ante la imposición escolar de ponerme en pie al sonar el himno de San Germán – pequeñas y absurdas guerras en las que una se involucra cuando es pequeña y tiene libros de próceres en sus manos-. 

Al llegar a Hormigueros como estudiante, ya lo había hecho desde muy pequeña como hija de maestra, comencé a oír sobre su historia. El punto en común era siempre los milagros de la Virgen de la Monserrate. Así aprendí el mito de la hija de Giraldo González y el portento de la virgen. Hormigueros no fue precisamente lo que pensé. Más que un nicho revolucionario me parecía un pueblo obediente y muy apegado a sus tradiciones. 

Hace unos días culminé el libro De Horomico a Hormigueros: 400 años de resistencia (2016) del escritor, historiador y catedrático Mario R. Cancel Sepúlveda. La experiencia de leerlo se equipara a la de sentarse en el balcón de alguna casa en Hormigueros, café de las tres de la tarde en mano, a escuchar la historia del pueblo a través de la revisión crítica de sus emblemas, tradiciones más reconocidas y las historias y documentos que hasta el momento se habían escrito. Leerlo fue sentirme parte de una historia que me hace sentir orgullosa del pueblo que de pequeña elegí como mío. Este escrito no pretende ser un estudio de la obra sino una explicación de cómo me apropié del texto. 

 A través de todo el libro se presenta a Hormigueros como un lugar de resistencia. Desde los tiempos anteriores a la conquista española, en los tiempos de la conquista española y tras la invasión estadounidense tanto Hormigueros como sus habitantes tuvieron roles relevantes, de manera directa o indirecta, en las luchas por preservar la autonomía. Las tantas resistencias del pueblo no solo redundarían en la identidad que iría forjando la comunidad sino en el impacto que además tendría en el país. El Hormigueros que al día de hoy parece casi olvidado adquiere un nuevo brillo, su existencia fue esencial en distintas épocas y su nombre resonaba a través de todo el Caribe. 

Mientras leía, la ermita de Nuestra Señora de la Monserrate dejó de ser para mí un mero lugar en el que se celebra y lleva a cabo un rito religioso sino que cobró relevancia como un monumento arquitectónico importante pues dio sostén y forma a un mito cuyo impacto alcanzó diferentes estratos sociales. Además, cumplió la función de ser epicentro de una identidad que permitirá sentar las bases para lograr la diferenciación de lo estadounidense. En palabras de Benedict Anderson en su libro Imagined Communities: “. . . peoples, regions, religions, languages, products, monuments, and so forth. The effect of the grid was always to be able to say of anything that it was this, not that: it belongs here, not there” (184). La importancia de la ermita trascendió los límites religiosos y alcanzó niveles de riqueza política-militar y cultural. Hormigueros sigue tomando nuevas dimensiones para mí. El pueblo de hombres y mujeres devotos y obedientes se convierte en un pueblo mucho más complejo donde la disidencia y la resistencia no necesariamente confligían con los aspectos religiosos: más bien, confluían.

La mayor duda que surge al leer es ¿quién decide qué debe ser conservado dentro de la memoria histórica de un país o de un pueblo? ¿Qué debe hacer un hombre o una mujer para que su legado sea digno de ser contado de generación en generación? Las historias que giran en torno al portento de la Monserrate arrojan luz a esas preguntas. La apropiación de la virgen de la Monserrate en Hormigueros, Puerto Rico, es de por sí un acto de resistencia cultural. La virgen de origen catalán había sido fusionada con elementos de la cultura afrocaribeña y era parte del culto popular. Ahora bien, el hecho de que la historia del milagro experimentado por el artesano Enriquillo nunca la hubiese escuchado me pareció impresionante. Para un pueblo que exalta tanto las proezas de la Monserrate, es extraño que no se comente con más frecuencia la historia milagrosa experimentada por este artesano.

Queda entonces preguntarse quién decide qué debe ser conservado dentro de la memoria histórica, en este caso, de un pueblo. Me queda claro que la contestación gira en torno a las personas con agendas políticas-económicas-culturales y a los sectores que se dirigen. La creación del mito nace de entre las voces del pueblo sin embargo, al llegar a la versión “oficial” se mezclan los intereses políticos para darle forma a un programa que llame la atención del sector social al que apelan. De ahí el hecho de que la historia más repetida y recordada sea la del respetado y, posiblemente adinerado, Giraldo González. O el hecho de que de entre tantas voces disidentes solo se recuerde la de Ruiz Belvis y no tanto por su gesta política sino por su labor a favor de la emancipación de esclavos. Quizás la respuesta más genuina, a mis preguntas sobre por qué algunos eventos sí perduran dentro de la memoria histórica y otros no, sea esta que el autor expone: “El que se preservara la memoria de algunos y se olvidara la de otros fue parte de un proceso discriminatorio, pero comprensible”(Cancel 70). 

El libro, me atrevería a afirmar que adrede, cumple con la función de dar voz a aquellos y aquellas que, sin importar el impacto que tuvieron en su contexto histórico, habían sido silenciados. De Horomicos a Hormigueros: 400 años de resistencia rescata del olvido histórico los eventos de subversión y resistencia para contar una historia diferente; la historia de la lucha. El libro en manos de cualquier persona hormiguereña es una fuente esencial para conocer el pasado de su pueblo y los posibles futuros que se podrían construir. En las manos de cualquier estudioso o estudiosa se convierte en una invaluable joya bibliográfica para futuros estudios al respecto y en una guía para la construcción de otras microhistorias culturales para los demás pueblos del archipiélago puertorriqueño. En las de cualquier aficionado o aficionada es una refrescante lectura que le permite conocer más sobre el pueblo de Hormigueros desde sus orígenes. En mis manos, sirvió para reafirmar que Hormigueros es un pueblo rico en historia y que sus complejidades no hacen más que enriquecerlo. Además, entendí que no nació de la nada en mí ese conflicto entre ser de San Germán o de Hormigueros, solo se repetía en un solo ser humano una lucha que por años enfrentó a las dos localidades hasta que la última logró su autonomía. Imagino que ellos tampoco se levantaban al oír el himno de San Germán, pero eso sería ya otra historia.

Fuentes citadas

Anderson, Benedict. Imagined Communities:Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Verso, 2006. 

Cancel Sepúlveda, Mario R. De Horomicos a Hormigueros: 400 años de resistencia. Editorial 360, 2016.

A %d blogueros les gusta esto: