Saltar al contenido

Segundo Ruiz Belvis y el Hormigueros de 1829


  • Kevin Rupizá Rodríguez
  • Estudiante Graduado de Historia

 

I. Algunos datos biográficos

El 13 de mayo se conmemora el natalicio de uno de los más insignes próceres que ha tenido nuestra Patria: Segundo Ruiz Belvis. Abogado, abolicionista, líder independentista, intelectual y síndico, nació en 1829 en el poblado de Hormigueros, entonces perteneciente al Partido de San Germán. Estudió en Caracas y se graduó de Derecho de la Universidad Central de Madrid, donde una década después estudiaría Eugenio María de Hostos. Antes de comenzar a ejercer su profesión de abogado en 1857, formó parte del grupo de jóvenes investigadores que colaboraron en la compilación de la Biblioteca Histórica de Puerto Rico, obra dirigida por el escritor, investigador y dramaturgo Alejandro Tapia y Rivera (1826-1882) en Madrid en 1854. A partir de entonces, el nombre de Ruiz Belvis se incluyó en la lista de numerosos puertorriqueños y puertorriqueñas que buscaban en el siglo XIX una identidad común, un sentido de patria y pueblo. Ejerciendo su profesión en Mayagüez, sus ideas abolicionistas e independentistas convergieron con las del Dr. Ramón Emeterio Betances (1827-1898), dando a luz una entrañable amistad que ni la muerte pudo separar. Igualmente, fungió como Síndico Procurador del municipio de Mayagüez entre 1857 y 1858 y Juez de Paz en 1866. Fue uno de los 6 delegados puertorriqueños elegidos para formar parte de la Junta Informativa de Reformas en 1866, donde se presentó el “Proyecto para la Abolición de la Esclavitud”, lo que le ganó la persecución política. Buscando apoyo para la independencia de Puerto Rico en Chile, murió en circunstancias sospechosas en un hotel de Valparaíso en 1867, a los 38 años de edad[1].

II. El Hormigueros de Ruiz Belvis

El historiador Francisco Moscoso publicó en 2007 una obra titulada “El Cabo Rojo de Betances”. En ella se propuso analizar la población, situación y realidad del pueblo natal del Padre de la Patria en sus años de nacimiento e infancia[2]. A través de este escrito, me propongo hacer un esbozo parecido, aunque con mucha menor elaboración, del poblado donde nació y se crió el “Paladín Libertador”.

Como he mencionado en otras ocasiones, la población de Hormigueros tiene su origen en unas alegadas apariciones marianas en el “Sitio del Horomico” a finales del siglo XVI o principios del XVII. Para 1645 y 1646, se hacen las primeras menciones documentales conocidas hasta ahora sobre Hormigueros y su ermita de Nuestra Señora de Monserrate, incluidas en el Sínodo Diocesano de Puerto Rico y en la “Descripción de la Ciudad e Isla de Puerto Rico” de Diego de Torres Vargas, respectivamente[3]. En su visita pastoral en 1720, el Obispo de Puerto Rico Fray Fernando de Valdivia y Mendoza OSA le otorga a la ermita el título de Santuario. En la década de 1760, durante el gobierno de Miguel de Muesas, el poblado de “Nuestra Señora de Montserrat” fue incluido por primera vez en un mapa detallado de la Isla[4], fruto de unas visitas pastorales y gubernamentales del período que la historiografía hispanoantillana ha llamado “Reformismo Borbónico”. Entre las décadas de 1780 y 1790, bajo el mayordomo Gerardo García, se construyó el templo actual. En 1792, contando con alrededor de 350 vecinos, el obispo Francisco de la Cuerda, nombró al Santuario como Ayuda de Parroquia de San Germán (algo así como una semi-parroquia)[5]. El primer obispo puertorriqueño nacido en la Isla, Juan Alejo de Arizmendi (1804-1814), visitaba con frecuencia el Santuario y deseó ser enterrado en él. Ordenó la remodelación de la Casa de Peregrinos[6] y la construcción de un nuevo cementerio en un costado del Santuario en 1806, sustituyendo la práctica de entierros en el atrio.

La ermita contaba con una mayordomía o patronato, donde una persona, un jefe de familia, se encargaba de la dotación, cuidado y mantenimiento de la fábrica (estructura física y ornamentos) del templo. En 1645 la mayordomía recaía en Giraldo González, viudo con al menos una hija, alegado protagonista del segundo milagro de la Virgen de Monserrate (o quizás de los dos), quien también era sacerdote. González firmó como presbítero de la ermita ubicada en el partido de San Germán en el mencionado Sínodo Diocesano, siendo testigo sinodal[7]. Según un documento de 1699 el mayordomo para esa fecha es Francisco García Pagán, quien se identifica como nieto materno de Gerardo/Giraldo González[8]. (¿Acaso sería hijo o descendiente de la hija perdida y hallada del segundo milagro? No podemos afirmar ni descartar nada.) Era familiar, muy probablemente hermano, de Manuel García Pagán, quien fue procurador y luego uno de los Alcaldes Ordinarios de la Villa de San Germán entre 1683 y 1687 y uno de los líderes de la “rebelión de los vecinos de San Germán y de Puerto Rico” entre 1701-1712[9].

Un descendiente o familiar de alguno de estos es Gerardo García, anteriormente mencionado. La hija de éste, María Antonia García, casó con un inmigrante venezolano llamado Mateo Belvis, quien también fue miembro del cabildo sangermeño y asumió la mayordomía del santuario. Son estos los padres de María Manuela Belvis García, esposa de José Antonio Ruiz Gandía, madre de Segundo Ruiz Belvis. He aquí el cuadro: Segundo Ruiz Belvis era descendiente directo de los mayordomos del Santuario y con mucha probabilidad del afamado Giraldo González.

Debido al aumento extremo de demanda de azúcar, causado por la Revolución Haitiana (la colonia francesa de Saint-Domingue, Haití, era la principal productora de azúcar en el mercado mundial) y la consecuente alza en los precios, Puerto Rico y Cuba retomaron, con una magnitud sin precedentes, la industria azucarera que en la segunda mitad del siglo XVI y primera del XVII dominaba la economía antillana. También debido al impulso de la Real Cédula de Gracias de 1815, regiones de Puerto Rico que no contaron nunca con ingenios azucareros, como el área del suroeste, “se volcaron al azúcar”, como explica Fernando Picó[10]. Hormigueros no fue la excepción. Pero el montar un ingenio azucarero era un gasto que solo podía ser asumido por una élite que contara con los recursos necesarios. Mateo Belvis y María Antonia García, mayordomos y personajes principales de la élite local, fueron los responsables del establecimiento del primer y principal ingenio hormiguereño: la Hacienda San José. Sus descendientes y parientes hicieron lo propio y su hija Maria Manuela, junto a su esposo José Antonio, establecieron la hacienda Luisa Josefa, donde nació Segundo. Las faldas del poblado y santuario de Hormigueros comenzaron a ser señoreadas por “su majestad, el azúcar” hasta la década de 1980.

Es en este contexto que Ruiz Belvis llega al mundo. Pero, aparte de los cañaverales de los Belvis-García-Fajardo, ¿cómo era Hormigueros para 1829? Tres documentos nos dan un vistazo, datos con los que podemos tratar de reconstruir aquel tiempo. El primero es una solicitud de un joven catalán de nombre Juan Puig y Roca[11]. El joven de 14 años pide el permiso real a través del Consejo de Indias para poder “pasar” al “pueblo de Hormigueros en la Isla de Puerto Rico en América”. En dicha población, su padre Juan Puig, posee una pulpería, “tienda donde se venden artículos de uso cotidiano, principalmente frutas tropicales y otros comerciales”[12]. Luego de las gestiones burocráticas, que duraron desde 1828-1829, el joven logra unirse a su padre. Su madre, Josefa Roca, se embarcó cuatro años después, en 1833. Los planes del padre de Juan eran “darle instrucción en el comercio y dexarle después a su cargo, la casa y tienda…”. La aparente intención del jefe de familia de los Puig es establecer un negocio familiar (o quizás planifica regresar a Cataluña y dejar su hijo al frente de su tienda). El documento también es evidencia de una presencia catalana en el área, identificada con el culto monserratino.

La existencia de esta pulpería es evidencia del desarrollo que ha conseguido Hormigueros para la década de 1820. Aunque no será fundado como municipio hasta 1874, ya para 1828 es considerado un
pueblo. Un segundo documento nos permite ver a Hormigueros, ya no en palabras sino en trazos. El naturalista francés Auguste Plée (1787-1825) fue enviado por el Museo de Historia Natural de París a las Antillas para estudiar su flora. Llegado a Puerto Rico en 1821, se dedicó a dibujar los paisajes de los pueblos que visitaba, su plaza, su iglesia, casas y caminos. Entre ellos se encuentra el grabado del “Pueblito de Hormigueros ou Montserrat”, donde, en palabras de Ricardo Alegría, se “muestra la importancia que ya había adquirido la ermita dedicada a conmemorar el milagro de la Virgen de Monserrate. La ermita, con su torre y espadaña -continúa- aparece al tope de la loma alrededor de la cual un número de casas campestres ya han formado un villorrio.”[13]. En el grabado también se aprecia el humo de lo que parecen ser ingenios, así como la Casa de Peregrinos (a la derecha del Santuario) y una casa grande que bien podría tratarse de lo que hoy conocemos como la Casa Márquez, residencia y estancia construida en el siglo XVIII. De igual manera, se puede apreciar un hombre corriendo a caballo en la parte inferior izquierda, que cabría interpretar como un símbolo de la vida socioeconómica activa del lugar.

Su crecimiento económico y poblacional, propiciado por el desarrollo de haciendas azucareras en los valles y en las faldas de la “colina sagrada”, paulatinamente van convirtiendo a Hormigueros en algo más que un poblado del Partido de San Germán. Y ahí comenzarán las tensiones: o unirse a la creciente Mayagüez o permanecer con la tradicional San Germán; o seguir siendo poblado o pedir la fundación como municipio. En 1836, la mayordoma María Antonia García, abuela de Ruiz Belvis, le suplicó la reina Isabel II que el Santuario no se convirtiera en parroquia, temerosa de perder sus derechos de mayordomía y los privilegios y beneficios que ello conllevaba[14]. Quizás el pequeño Segundo, con apenas 7 años, habrá escuchado angustiosas pláticas entre sus familiares sobre el asunto. Eventualmente la mayordomía fue suprimida en 1863, Hormigueros fundado como municipio en 1874 y el Santuario constituido como parroquia independiente en 1880.

El tercer documento es la visita pastoral del obispo Pedro Gutiérrez de Cos entre 1829 y 1830[15]. Las visitas pastorales eran las visitas del obispo a todas y cada una de las parroquias, capillas y ermitas establecidas en su jurisdicción. Gutiérrez de Cos permaneció ocho días, del 22 al 30 de octubre, en el pueblo de Hormigueros, “donde está el Santuario de Nuestra Señora de Monserrate”. Quizás ya para entonces Juan Puig y Roca estaría acompañando a su padre en la pulpería. Segundo tenía 5 meses de nacido. Como desde 1792 es Ayuda de Parroquia de San Germán, cuenta con un capellán propio, de nombre Manuel Salvador Amat. Tiene como compañero a un fraile franciscano llamado Fray Manuel Carballés. Igualmente vive un tercer sacerdote, de nombre Don Nicolás de la Cruz.

Anejo a la visita pastoral se encuentra un censo llamado “Estado que manifiesta el número de habitantes de la Capital e Ysla de Puerto Rico, y de los confirmados en la Visita Pastoral que practicó el Exmo e Yltrmo. Sr. Dn. Pedro Gutiérrez de Cos, en el año de 1829 y parte del de 1830”. Para dichas fechas, a través de la visita pastoral, se contabilizaron 315,552 habitantes en todo Puerto Rico, de las cuales 153,158 (48.5%) recibieron la Confirmación en dicha visita. Las pueblos con mayor población eran San Germán (27,169), Mayagüez (19,179), Ponce (15,673), Arecibo (13,245), seguido por Yauco, Cabo Rojo, Añasco, Pepino, Guayama y San Juan (en décimo lugar con 8,679). Hormigueros, aunque aún no era municipio sino un poblado de San Germán, se contabilizaba aparte, registrando 3,745 habitantes. Es un número bastante considerable, superando a los pueblos de Guaynabo y Río Piedras, eventualmente grandes ciudades del área metropolitana de San Juan. Entre esa población se tiene que tomar en cuenta la élite peninsular y criolla, los peninsulares y criollos menos pudientes o pobres y a los cientos de esclavos africanos o afroantillanos que constituían la mano de obra de los hacendados azucareros. Por la libertad absoluta de estos últimos, el que para entonces eran un recién nacido luchó durante la última etapa de su vida. Junto a su amigo Betances, los llevaba a bautizar al Santuario, tan ligado a su ascendencia, así como a las parroquias de la ciudad de Mayagüez y la patria betancina, Cabo Rojo. No obstante, como expone Mario Cancel, Ruiz Belvis no liberó a todo su contingente de esclavos, debido a todas las situaciones y gestiones con las que tuvo que lidiar en su último año de vida (1866-1867), incluyendo el exilio y la muerte misma. “Lo que impidió tanto el proyecto del Colegio [secundario de enseñanza en Mayagüez] como la liberación de todos sus esclavos fue la arbitraria política de [el gobernador de Puerto Rico] Marchessi y la subsecuente clandestinización de aquel joven movimiento político.”, explica Cancel[16].

En fin, dos fuentes hablan sobre la situación de Hormigueros en 1829, el año de nacimiento de Segundo Ruiz Belvis. A pesar de no ser municipio, ya contaba con una buena “iglesia de cal y ladrillo cubierta de madera y teja”[17], que es la que, con algunas modificaciones, conocemos hoy día como la Basílica-Santuario de Nuestra Señora de la Monserrate de Hormigueros. Existían varios negocios alrededor del pueblo, entre ellos, la pulpería de los Puig y Roca. Con una población de 3,745, ya dominaba la economía de hacienda azucarera. Y se establecía la hacienda San José que, en el siglo XX, se convertiría en la gran Central Eureka. Curiosamente serán Mateo Fajardo Cardona, primo segundo de Ruiz Belvis y líder anexionista a Estados Unidos, y sus descendientes, los dueños de la central hasta la segunda mitad del siglo XX.

Entre 1828 y 1830 las dos figuras principales de la Isla, el gobernador y el obispo, son “realistas” incondicionales, ambos emigrados de las guerras de independencia hispanoamericanas. Aunque ambos documentos son completamente diferentes, tienen en común el año 1829, en el que gobernaban las figuras mencionadas del Obispo Pedro Gutiérrez de Cos y el general Miguel de la Torre. En un año de crecimiento económico y poblacional en su pueblo y de absolutismo paranoico en su Isla Patria, Segundo Ruiz Belvis nacía para luchar por cambiar ese panorama. Y aunque no vio germinar las semillas que sembró, estas siguen creciendo y nos corresponde a nosotros seguir cultivándolas y cosecharlas.

Documento publicado originalmente en 80 Grados-Historia el 15 de mayo de 2020.

_______________

[1] Para un análisis más detallado de la vida, obra y entorno de Ruiz Belvis, véase Mario R. Cancel Sepúlveda, “El Puerto Rico del Ciclo Revolucionario Antillano: Segundo Ruiz Belvis y su generación (Parte 1)”; “El Puerto Rico del Ciclo Revolucionario Antillano: Segundo Ruiz Belvis y masonería (Parte 2)”; y “El Puerto Rico del Ciclo Revolucionario Antillano: Segundo Ruiz Belvis y los caminos de Lares (final)” en Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura. 2018. WordPress. Recuperado de https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/tag/segundo-ruiz-belvis/.

[2] Francisco Moscoso, El Cabo Rojo de Betances. Jornada Pro Betances, 2007.

[3] Sobre el Sínodo, consultar Sínodo de San Juan de Puerto Rico de 1645. Horacio Santiago-Otero y Antonio García y García, editores. Madrid / Salamanca: Centro de Estudios Históricos del CSIC, 1986.; Diego de Torres Vargas. Descripción de la Isla y Ciudad de Puerto Rico…(1647). N.p.: Editorial Nuevo Mundo, 2012, pp. 10-11.

[4] “Plano de la ysla de San Juan de Puerto Rico, con la división de sus partidos…, 1769”. AGI, Santo Domingo, 368 (Sección de Mapas, planos, documentos iconográficos y documentos especiales). Recuperado del Portal de Archivos Españoles (PARES).

[5] Coll y Toste, Cayetano. “Fundación de la Ermita de la Monserrate en Hormigueros (Del archivo particular de Coll y Toste)” en Boletín Histórico de Puerto Rico. Tomo I. (1914). San Juan: Librería Editorial Ateneo, p. 226. En este caso, “vecino” se refiere a un jefe de familia, preferiblemente el padre, quien gozaba de unos derechos y reputación en la vida local.

[6] Ibid., pp. 229-230.; Edwin Albino Plugues, Hormigueros: notas para su historia. San Juan: Oficina Estatal de Preservación Histórica, 1986, p. 57.

[7] Mario A. Rodríguez León. Introducción. Sínodo de San Juan de Puerto Rico de 1645. Horacio

Santiago-Otero y Antonio García y García, editores. Madrid /Salamanca: Centro de Estudios Históricos del CSIC, 1986, p. LXVIII.

[8] Coll y Toste, Op. Cit., pp. 225-226.

[9] Por temor a invasiones inglesas por la Guerra de Sucesión Española y defensa de piratas y corsarios, los gobernadores Gabriel Gutiérrez de Riva (1700-1703) y Francisco Danío Granados (1708-1713; 1718-1724) ordenaron a los vecinos del partido de San Germán trasladarse con sus armas a la ciudad de San Juan en caso de un ataque. El cabildo, compuesto por los vecinos principales de la villa y sus alrededores, se negaron rotundamente citando los derechos de autonomía de San Germán, creando un estado de rebelión y sublevación que se mantuvo intermitente por once años. Sobre este tema, consúltese Francisco Moscoso, La Sublevación de los Vecinos de Puerto Rico, 1701-1712. San Juan: Ediciones Puerto, 2012.

[10] Fernando Picó, Historia general de Puerto Rico. 4ta ed. San Juan: Ediciones Huracán, 2008, p. 166-167.

[11] “Expediente de licencia de embarque a Puerto Rico de Juan Puig y Roca (1828-1829)”. AGI, Ultramar 496, Número 33, Folios 338-348. Recuperado del Portal de Archivos Españoles (PARES).

[12] Diccionario de la Lengua Española.

[13] Ricardo Alegría, “Los dibujos de Puerto Rico del naturalista francés Augusto Plée (1821-1823)” en Revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña, Año XVIII, Núm. 68, julio-septiembre 1975, pp. 28, 31.

[14] “Petición de Doña María Antonia García a la Reina de España Isabel Segunda (1837)” en Fernando Bayrón Toro, editor. Origen y evolución de las Parroquia y Municipio de Hormigueros. Mayagüez: Editorial Isla, 1984. El documento original digitalizado se puede consultar a través del Portal de Archivos Españoles (PARES) con el título “Se pide no convertir en parroquia la ermita de Montserrate” clasificado bajo AHN Ultramar, 2016, Expediente 14.

[15]  “Visita Pastoral del Obispo de Puerto Rico Pedro Gutiérrez de Cos (1829-1830)”. AHN, ULTRAMAR, 2029, Exp.2. Recuperado del Portal de Archivos Españoles (PARES).

[16] Mario R. Cancel Sepúlveda. ‘Los Esclavos De La Josefa: Segundo Ruiz Belvis y El Abolicionismo’ (2003, 2011).” Anti-figuraciones: bocetos puertorriqueños (2003). Recuperado de academia.edu <https://www.academia.edu/39124778/

[17] “Visita Pastoral del Obispo de Puerto Rico Pedro Gutiérrez de Cos (1829-1830)”.

Documento: Reflexión sobre Segundo Ruiz Belvis (1997)


Nota: La columna que sigue fue publicada en la colección “Historias” que se difundía en la sección En Rojo del semanario Claridad. La redacté cuando era profesor de historia en la Universidad de Puerto Rico en Aguadilla, el viejo CORA. Después de muchos años sin pasar revista sobre esta figura de Hormigueros, produje la misma como parte de un proyecto ligado a la Asociación de Puertorriqueña de Historiadores (APH) organizacion dque habíams ayudado a fundar en 1993. En la misma se reinventaba y se jugaba con la imagen del libertador y se hacía una crítica de la historiografía proceratista. Se reproduce con las revisiones de rigor sin alterar el contenido, en el cual me reitero, en ningún sentido.  La ficha bibliográfica completa es “Historias: Del príncipe azul: Descreando mitos”. Claridad-En Rojo 9-15 de mayo de 1997: 17.

Del príncipe azul: Des-creando mitos

  • Mario R. Cancel-Sepúlveda

La victoria de la historia social en la segunda mitad del siglo que está por terminar, nos enseñó mucho sobre los mecanismos de análisis de lo que habíamos llamado patriciado. Después de todo, aquel concepto había tenido mucho peso en los signos de la valoración de lo que considerábamos correcto o pertinente a un tiempo o a una situación sociopolítica particular. Puerto Rico era el laboratorio perfecto para construir una versión del pasado que, saltando de prócer en prócer, ofrecía un puñado de respuestas a las dudas que, algunos pensaban, era imprescindible resolver para estar en paz con los tiempos.

Yo recuerdo que fue precisamente esa preocupación la que me hizo acercarme, hace bastante tiempo -era el año 1977 más o menos- a la personalidad, algo incongruente y algo misteriosa, de Segundo Ruiz Belvis. Mis planes, que conste, no eran saltar de prócer en prócer. Eso era tarea de atletas históricos y de esos ya yo había visto bastantes que me habían dado una imagen de la figura que, por lo nebulosa, había perdido el contenido humano que la construcción histórica debía tener como distintivo elemental distanciándolo del invento que no acepta su condición de tal. Ruiz se había transformado en un príncipe azul que, impoluto, atravesó el martirio para elevarse a la condición de héroe socialmente aceptable. El problema no radicaba en que el historiador inventara la imagen del prócer sino en que, luego de inventarla, pretendiera su infalibilidad.

La biografía había cumplido su función de fijar la figurilla de bronce del licenciado en leyes nacido en Hormigueros un 13 de mayo de 1829, a la sombra del maestro Ramón E. Betances Alacán como el gran biunvirato de dirigentes radicales que construyeron el gesto de la independencia durante un siglo de sucesivas derrotas a aquel ideal. Ruiz Belvis incluso, decía la biografía, había perdido la vida en “circunstancias extrañas” a la edad de 38 años en un hotel de Valparaíso, Chile, el 3 de noviembre de 1867 mientras realizaba gestiones políticas cerca de esa nación en favor de la independencia de su país. Claro que todo conspiraba para la formación de un interesante mito: el del héroe que todo lo abandona para morir en la miseria por el amor a la patria: Jasón detrás de otro vellocino o Lope de Vega tras el rastro de otra armada invencible. Lo cierto era que el héroe merecía una revisión sosegada y el biunvirato no era suficiente para explicar el proceso revolucionario de los años 1855 a 1873.

La pregunta lógica era ¿hasta dónde la biografía era capaz ser un espejo? O más bien ¿dónde el espejo comenzaba a deformar la imagen con el polvo del simplismo? ¿Era el espejo un cedazo que no permitía el paso de ciertas cosas? Enfrentarme a Segundo Ruiz Belvis equivalía, por lo tanto, a valorar una época. Pero también significaba juzgar unos estilos de escribir que tampoco habían abandonado del todo a la llamada historia social. Yo recuerdo como, en muchas ocasiones, la historia pretendidamente social había elaborado ricas mitologías alrededor de Luisa Capetillo (la líder sindical, no la espiritista) y olvidada la tarea social de la feminista Olivia Paoli (anexionista por más señas y teósofa y espiritista convencida para más decir). Mirando a Ruiz Belvis me di cuenta de que la medida de lo humano debía seguir siendo la medida de la biografía.

¿Qué había significado Ruiz Belvis dentro del contexto de su época? El primer lugar, simbolizaba a un sector social en ascenso, ligado a la tierra y al mundo del azúcar y sus derivados al cual se le planteaba la gran contradicción de cuál era el compromiso que debían adoptar ante su tiempo. Ruiz Belvis, hijo de hacendados de Hormigueros y abogado de formación hispano-europea, creció dentro de un submundo que admiraba a los Estados Unidos y vivía una íntima trabazón con aquella nación en ciernes. Aquel sector pretendía dirigir los destinos de lo que ya veían como su patria: Puerto Rico.

En segundo lugar, Ruiz Belvis significaba la maduración de un sector blanco privilegiado que había comenzado desde 1841, pienso en las “Sociedades abolicionistas” de Ponce, a respaldar un proyecto de abolición de la esclavitud altamente beneficioso para los intereses de los hacendados azucareros de Puerto Rico. Para apoyar ese proyecto había ayudado a fundar la segunda generación de “Sociedades abolicionistas secretas” que, amparadas en el clandestinaje y protegidas por las poderosas logias masónicas del oeste, no sólo hablaban de abolición sino que discutían la crisis política y económica colonial. El problema era que dentro de ellas, la cuestión del estatus como le llamamos hoy, no estaba resuelta. Si personas como Salvador Brau Asencio miraban el asunto político con el ojo del especialismo; otros como José F. Basora siempre lo miraron con el del anexionista a los Estados Unidos.

En tercer lugar, Ruiz Belvis y el mismo Betances Alacán ofrecían un cuadro de hasta donde los separatistas independentistas de Puerto Rico estuvieron dispuestos a ser flexibles para permitir la maduración de una causa. Ellos sabían que el asunto Puerto Rico era un problema internacional. En 1861, la política exterior de España había intentado violar la soberanía de Chile cuando intentó recuperar las Islas Chinchas para beneficiar sus intereses en Filipinas. Chile fue capaz de concertar una alianza en la cual Perú, Bolivia, Ecuador y los mismos Estados Unidos, contaron mucho en que España abandonara sus proyectos re-anexionistas. Entre 1861 y 1864, la mirada de España se había fijado en República Dominicana donde un partido anexionista a los Estados Unidos dirigido por Buenaventura Báez; uno anexionista a España encabezado por Pedro Santana y uno abiertamente independentista dirigido por Gregorio Luperón, luchaban por el control de aquellas tierras. No en balde conspiraban Ruiz Belvis y Betances en 1864 para levantar a Mayagüez en armas con respaldo y respaldando al partido de Luperón. No en balde enviaban a Ruiz Belvis a morir a Chile en 1867.

Curiosamente el único elemento en común que tenían estos países era su profundo espíritu antiespañol justificado en una comprensible interpretación de la Doctrina de Monroe que aún estaba en boga. Digo esto pensando en que los Estados Unidos siempre fueron tolerantes con los miembros de la “Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico” fuesen aquéllos independentistas o anexionistas. La colaboración entre anexionistas a Estados Unidos e independentistas era una realidad de todos los días en aquel momento político. Curiosamente también la nación con la que tendríamos más contradicciones ideológicas sería Cuba, la otra ala del pájaro. Segundo Ruiz Belvis podría decir mucho de esto porque fue él, junto a Francisco Mariano Quiñones y a José Julián Acosta, quien tuvo que tragarse la resistencia cubana a la abolición inmediata de la esclavitud en la Junta Informativa de Reformas de 1867.

En cuarto lugar, Ruiz Belvis representaría el mejor ejemplo de cómo la biografía puede deformar el hecho social. El mito del abolicionista que recogía dinero para manumitir niños en la pila bautismal durante la misa de domingo, perece ante la realidad del propietario de esclavos que nunca liberó todos los suyos y que apenas tuvo tiempo para estar en misa muy de vez en cuando. Des-crear el mito no significa, creo yo, conspirar contra la humanidad que vivió en él. Significa devolverle un contenido que le desnude y le humanice.

Confieso que después de conocerlo de este modo lo hubiese invitado a darse un trago conmigo -supe que le gustaba y me agradó saberlo- o hubiese conversado con él de qué nos agradaba de un caballo, qué sé yo, o de los amores que tuvo o le inventaron. Antes difícilmente le hubiese dirigido la palabra.

Segundo Ruiz Belvis y Ramón E. Betances Alacán masones: unos apuntes


  • Mario R. Cancel Sepulveda
  • Historiador y escritor

De acuerdo con el investigador Oscar Gerardo Dávila del Valle, en 1866 existían en Puerto Rico tres grupos de obediencias masónicas: los orientes españoles, las adscritas a la Gran Logia de Colón de Cuba fundada en 1859, y las adscritas a la Gran Logia de Santo Domingo surgida de un proyecto de rehabilitación de la hermandad iniciado en 1858. Aquellas convivían con una masonería de filiación estadounidense que algunas vinculan a Filadelfia. Fue en la logia Unión Germana número 8, fundada acorde con esta fuente el 26 de julio de 1866 en San Germán, de oriente dominicano, donde se ordenó. La afinidad política con la causa dominica y su lucha por restaurar la independencia frente a España durante los años 1861 a 1863 culminó en afinidad masónica.

Acorde con algunas fuentes, allí laboró hasta 1867 y alcanzó el grado de Gran Maestro lo cual es poco probable dada la complejidad de los requerimientos de este tipo de órdenes para un ascenso de esa naturaleza. Otras fuentes sugieren que Ruiz Belvis auxilió a Betances Alacán en la fundación de la Logia Yagüez número 10 también de oriente dominicano.  Los comentaristas sugieren que esa logia  “nunca tuvo solar”, se reunía en “templo abierto” y practicaba la “masonería forestal” propia de los “carbonarios”. Aparte de Ruiz Belvis y Betances, componían la misma algunos de los expulsados a raíz del “Motín de los Artilleros”, que ingresaron al “Comité Revolucionario de Puerto Rico” en Santo Domingo y promovieron la creación de “Sociedades Secretas” camino de la insurrección de 1868 incluyendo a “Capá Prieto” de Mayagüez.

Aquel proceso nos informa sobre la diversidad ideológica en el seno de la Masonería. Si bien la filosofía masónica exigía profesión de tolerancia y neutralidad en temas religiosos y políticos, la reflexión sobre esos temas siempre estuvo presente. La diversidad es patente. Los investigadores han confirmado la orientación integrista, conservadora y asimilista de los orientes españoles, las afinidades separatistas anexionistas de algunas logias de oriente estadounidense y la orientación liberal, separatista independentista y antillanista de las logias dominicanas de aquellos años. Las tendencias no derivaban de la filosofía masónica sino de la heterogeneidad de las preferencias político-ideológicas de los hermanos masones.

 

Segundo Ruiz Belvis

¿Qué tipo de masones fueron Ruiz Belvis y Betances Alacán?

A fin de comprender la situación de Ruiz Belvis y Betances Alacán en la Masonería voy a depender de un argumento de Dávila del Valle en un artículo de 1998. Este autor sugiere la  existencia en la Masonería de una Masonería radical. Si uso el lenguaje de otro investigador del tema, José Antonio Ayala en un texto de 1989, las diferencias entre ambas eran obvias. A pesar de que coincidían en la “profesión de progresismo, tolerancia y amor al género humano”, en temas como la neutralidad en religión y política diferían. La excepcionalidad de Ruiz Belvis y Betances Alacán como masones se relacionaba con ello. Su activismo entre 1856 y 1866 no dejaba duda de que  fueron “masones radicales”. El “radicalismo” tenía que ver con lo que Dávila del Valle denomina la “herencia carbonaria” y “jacobina” que tuvo en Louis Blanc (1811-1882) y Giuseppe Mazzini (1805-1872) dos iconos. Es su conjunto, los tonos dominantes eran su republicanismo antimonárquico, el anticlericalismo feroz, su predisposición por la acción revolucionaria, su proximidad al “asociacionismo”, el “cooperativismo” y la “filantropía” y por su ansiedad por construir la “fraternidad universal” o “Liga de la Naciones” en el modelo de  la “Anfictionía” kantiana.

Debo destacar dos asuntos de relevancia. No es difícil descubrir en ese conjunto coincidencias con el separatismo independentista, abolicionismo radical y la idea de la unión o confederación de las Antillas en una nación colectiva de pequeñas naciones. Tampoco es difícil percibir ciertas coincidencias con el pensamiento antisistémico que develaba las injusticias del capitalismo ascendente. Ruiz Belvis, si uso un argumento del investigador francés Paul Estrade en una conferencia de 2007 era un “masón inconforme” o un “heterodoxo dentro de la heterodoxia” como señalaba Dávila del Valle. Su actitud demostraba que siempre se podía ser más radical si la situación lo exigía.

 

¿Cómo interpretaba el orden hispano-católico a los masones como Ruiz Belvis y Betances Alacán?

La imagen de Ruiz Belvis y Betances Alacán ante el orden colonial no era buena antes de 1866. Cuando se ordenaron en la Unión Germana número 8 y fundaron la Yagüez número 10, la misma empeoró. Un funcionario de telégrafos, periodista e historiador adicto al dominio español, José Pérez Moris, ha dejado en un libro de 1872 un interesante perfil que se ajusta a la representación conservadora del masón radical a la altura del 1867. A Ruiz Belvis lo catalogaba como el “jefe de los separatistas desde antes de ir a Madrid”, poseedor de un temperamento dominado por la “audacia”, el “mal carácter” que se expresaba en un “lenguaje mordaz y atrevido”. Era un ser humano “agrio y agresivo”, “intratable y altanero” que expresaba sin pudor su “desprecio a la sociedad respetable”. Afirmaba que Ruiz Belvis era una de esas personas que “no se hacen amar, pero se imponen”.

Pérez Moris, acorde con datos suplidos por informantes de la “sociedad respetable” de Mayagüez, lo calificaba como un librepensador, materialista, partidario de la ciencia, anticatólico y ateo. Los calificativos iban in crescendo como una ola. Un libre pensador no hacía otra cosa que afirmar que las ideas respecto a la verdad debían formarse sobre la base de la lógica, la razón y la experimentación. Esa postura sugería un rechazo franco a toda autoridad sacralizada, tradición o dogma. Entre librepensamiento y agnosticismo había numerosos puntos de conexión que el catolicismo rechazaba. Aquellas prácticas habían sido condenadas en el Syllabus Errorum de Papa Pío IX en 1864, documento que recomendaba la excomunión del masón por cuenta de su supuesto ateísmo. No hace falta aclarar que Pérez Moris era integrista y católico. Por eso los signos de fortaleza de “carácter” de Ruiz Belvis son leídos como un “defecto”.

El perfil de Pérez Moris sobre Ruiz Belvis, el masón radical, desemboca en una impresionante caricatura de la “crueldad”. De las anécdotas que adjudica al abogado de Hormigueros, la que lo describe como un “don Juan Tenorio” y un cínico que negaba la nacionalidad española mientras se regocijaba por la ejecución de dos soldados españoles desertores es poca cosa. Lo que realmente le preocupaba era el lenguaje ofensivo y sarcásticos que usaba al referirse a los “misterios de la religión” y las “continuas burlas y sarcasmos” contra la Iglesia y el clero, en presencia de numerosas “señoras y señoritas” de “familias honradas y cristianas”. Pérez Moris proyecta un Ruiz Belvis fieramente anticlerical que afirmaba que “no había Dios, que la Religión era un mito ideado por los hombres para mantener al género humano en la ignorancia y en el despotismo”.  De acuerdo con la fuente aquellas aserciones hicieron que el Obispo Fray Benigno Carrión lo citara para solicitarle una rectificación. Lo cierto es que Ruiz Belvis tenía una relación profesional con el Obispo en el contexto de su proyecto de colegio se segunda enseñanza para la ciudad de Mayagüez en 1866. Si el “regaño” fue cierto, hasta donde se sabe, no afectó el respaldo del Obispo para el plan educativo de Ruiz Belvis.

El retrato demoledor culmina con una acusación de que hipotecó la Hacienda Josefa de su padre y la echó perder y que personalidades como la suya y la de Betances Alacán, “empequeñecen y calumnian a Cortés y a Pizarro” por lo que no merecen la hispanidad. El acento de la diatriba estaba puesto en cómo ofendían los valores hispanos y cristianos. Exageradas o no estas afirmaciones, la imagen de un revolucionario político y social que también era masón radical no era simpática para el régimen colonial.

Segundo Ruiz Belvis: apuntes para una lectura desde el presente


  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia

Ruiz Belvis nació en 1829 en el barrio Hormigueros de San Germán. Provenía de una familia, los Belvis, que cargaba un pasado venezolano y había estado vinculada al Patronato y Mayordomía de Fábrica del Santuario de Monserrate en Hormigueros, uno de los focos de fe más poderosos de la isla a principios del siglo 19. La relación de Ruiz Belvis con esa institución hispano católica que no encajaba del todo en el engranaje de la iglesia institucional por sus fuertes raíces populares, fue determinante para algunos de sus proyectos civiles, sociales y culturales al final de su vida.

El ciudadano Ruiz Belvis se desarrolló al interior de los sectores privilegiados de la colonia. Era hijo de hacendados azucareros con propiedades en toda la región, su padre José Antonio Ruiz Gandía (1810-1868) había estado activo en la política municipal de Mayagüez y fungió como alcalde casual de la ciudad. Ruiz Belvis y sus hermanos tuvieron acceso al capital cultural que, por aquel entonces, aseguraban las carreras profesionales dado su origen de clase. Como se sabe, estudió la preparatoria en Caracas y completó Derecho Canónico y Civil, como lo requería la educación jurídica de la época, en la Universidad Central de Madrid, espacio en el cual desarrolló una red de relaciones con otros inmigrantes de la colonia que marcaron su vida para siempre.

 

Segundo Ruiz Belvis

A su regreso a Puerto Rico en 1857, según la tradición familiar, se insertó en la vida política de Mayagüez. Desde esa fecha y hasta 1867 fungió como Síndico Procurador (1857-1858), administró una oficina legal privada ubicada en La Marina Meridional en la calle de la Aduana y, luego, en la Candelaria (1862 y 1863), y actuó como Juez de Paz (1866) de la ciudad. Su labor como Síndico puntilloso molestó a algunos. El Síndico era, en el derecho clásico, el “abogado y defensor de una ciudad”, el depositario y responsable de los bienes públicos que también representaba los intereses de los esclavos registrados en caso de que sus derechos fuesen violados. Un síndico cuidadoso podía ser un dolor de cabeza para quienes pretendían usar el servicio público en el Ayuntamiento para su beneficio personal, como solía suceder. Por eso cuando se postuló para la posición en 1862 y 1863, no obtuvo los votos suficientes para ocuparla otra vez. Los colaboradores más cercanos de Ruiz Belvis en aquel periodo parecen haber sido José García de la Torre, ex-síndico de la ciudad y a quien consideraba un modelo o un maestro dado que manifestaba preocupaciones jurídicas similares a las suyas; y los médicos Betances Alacán y José Francisco Basora, con quienes compartía las ansiedades abolicionistas y separatistas.

El Puerto Rico al cual retornó Ruiz Belvis en 1857 atravesaba por una situación complicada. Junto a los viejos problemas que emanaban de la relación colonial con una monarquía autoritaria y católica, asomaban otros enormes retos. El monopolio hispano del mercado, la centralización del poder, la fragilidad de los ayuntamientos y la intención hispana de perpetuar el esclavismo y el trabajo servil que tendía a desaparecer del panorama internacional, eran algunos de ellos. El fin de la esclavitud en Estados Unidos al cabo de una guerra civil en 1864, representó un punto de giro para muchos antillanos. Lo cierto era que, terminados los tiempos de gloria de la economía de hacienda azucarera, la industria atravesaba por una situación deprimente. Las condiciones del mercado internacional le exigían entrar en un proceso de modernización del mercado de capital y laboral, y en una revolución tecnológica que la hiciese competitiva otra vez. El régimen hispano le ponía frenos a aquel proceso por miedo a perder su poder sobre el territorio.

A los imperativos materiales se sumaban los humanitarios y sociales. El espíritu filantrópico y fraterno del cual Ruiz Belvis participaba, se traducía en el reclamo de abolición de la esclavitud y de la libreta de jornaleros y la institucionalización de un mercado laboral libre más justo. Las relaciones coloniales estaban en crisis y los sectores inteligentes del país responsabilizaban al esclavismo, al trabajo servil y a la Monarquía Española que los justificaban, de una parte significativa de la crisis.

Ruiz Belvis era parte de aquella ofensiva crítica de activistas que, apoyados en el liberalismo clásico, el republicanismo y las ideas democráticas, favorecían la descentralización del poder ya fuese en el marco del federalismo o del municipalismo, y señalaban con insistencia los males de su tiempo. El sólo hecho de articular un discurso de esa naturaleza lo convirtió en una persona “sospechosa” e “inconveniente”. El panorama era más complejo. Las ideas antisistémicas que comenzaban a penetrar a la Europa avanzada a mediados del siglo 19, cuando Ruiz Belvis se formó en Madrid, también son evidentes.

A todo ello el abogado de Hormigueros añadió el componente del separatismo, el independentismo y el antillanismo emergente. Buena parte de su grandeza tiene que ver con esa concepción de que siempre se puede ser un poco más radical y contestatario si así las circunstancias lo requieren. El discurso de los activistas como Ruiz Belvis, sin ser un masón activo, estaba impregnado de ideas filantrópicas, fraternas y antisistémicas que encontraban un eco en el ideal masónico. Por ello a nadie debe extrañar que, durante el año 1866, fuese ordenado masón, como se verá más adelante. En su caso, aquel conjunto de principios se combinó con una fuerte dosis de secularismo y el anticlericalismo como protesta ante la alianza que existía entre la Monarquía Española y la Iglesia Católica para justificar el expolio del país.

Aquel conjunto de ideas filantrópicas, fraternas y antisistémicas, traducían la protesta universal contra los efectos deshumanizadores que derivaron del desarrollo del capitalismo moderno en Europa, y de la inserción del Puerto Rico en los circuitos del mismo en una condición asimétrica por colonial, durante la primera mitad del siglo 19. No todos aquellos grupos ideológicos desembocaron en el anticapitalismo, como fue el caso de una diversidad de  tendencias antisistémicas. Pero la voluntad de re-humanizar el mercado y la sociedad a fin de crear un orden más educado, justo y e igualitario era moneda común.

Es importante llamar la atención, sin embargo, sobre un hecho incontestable. No todos los activistas siguieron el modelo de Ruiz Belvis y no todos los masones articularon una praxis activista como la de aquel. Cualquier generalización en esa dirección siempre será cuestionable. Las formas que tomó el activismo político social y masónico, en especial los debates al interior de los grupos que se pueden documentar en Europa y Puerto Rico, no dejan dudas al respecto. El activismo político social y la Masonería, mostraron una originalidad extraordinaria a la hora de enfrentar los conflictos de su tiempo. Pero el hecho de que ambas vías representaban una protesta contra un orden considerado inicuo y retrógrado por su identificación con los valores del Antiguo Régimen también es irrefutable. La Racionalidad, la Libertad y el Progreso al que aspiraban era el mismo. La pregunta que hay que responder es cómo el activismo político social y el masónico se compenetraron en la figura del abogado de Hormigueros.

 

 

 

Trilogía: grabados de Rubildo López


Nota: El texto que sigue es un comentario en torno a la colección de los grabados del talentoso artista puertorriqueño nacido en Hormigueros Rubildo López (1965- ) expuestas el 9 de junio en las actividades culturales del Desfile Puertorriqueño en la ciudad de Nueva York. Agradezco al colega y amigo la oportunidad de dialogar con su producción artística desde la historiografía y la literatura.
  • Mario R. Cancel Sepúlveda
  • Catedrático de Historia (RUM)
  • Conferenciante de Estudios Puertorriqueños (CEA de PR y el C)
“…entran a la vida como a un desierto; están en la vida como en un mar sin playas; salen de la vida como naves, como nubes, como sombras. Mal entrar, mal estar y mal vivir. ¡Ay de los tristes!”
Hostos Bonilla (1898) sobre la muerte de Betances Alacán

Si un extranjero me preguntara como resumir en pocas palabras un siglo como el 19 a la luz de la idea de la resistencia, me limitaría a pronunciar tres nombres: Ramón Emeterio Betances Alacán (1827-1898), Segundo Ruiz Belvis (1829-1867) y Eugenio María de Hostos Bonilla (1839-1903).

Betances Alacán

Sus vidas estuvieron marcadas por la ansiedad de adelantar, en lo posible, la construcción de un Puerto Rico moderno. A la luz de la razón, la ciencia, el deber y la pasión, aquella trilogía convirtió su recorrido vital por la historia en un testimonio revolucionario imperecedero. Los elementos de aquel compromiso con el proyecto común de adelantar a su país son bien conocidos.

En lo político, la promoción de la separación de una España agotada y decadente y el deseo de contribuir a la independencia de Puerto Rico incluso al costo de una violencia que consideraban inevitable. La garantía de aquella independencia descansaba en la posibilidad de fundar una unión antillana capaz de confrontar en Cuba y Puerto Rico el colonialismo hispano, y de garantizar en República Dominicana y Haití una independencia precaria y superar  las diferencias históricas entre las dos naciones de la Española ya liberadas del imperialismo español y francés.

La unión antillana se enunciaba con profunda conciencia del pasado y como una necesidad

Ruiz Belvis

urgente de su presente. Pero también manifestaba una voluntad premonitoria de futuro. Ella debería garantizar la inserción de las Antillas en un mundo cambiante como una nación común y frenar la tentación española de recuperar las posesiones perdidas y el impulso del expansionismo estadounidense por estrenarse como poder imperialista en las islas.

 

En lo social, compartieron la preocupación por un concepto de justicia social que en el siglo 19 aspiraba fundar el trabajo libre mediante la abolición de la esclavitud negra y del trabajo servil articulado en la libreta de jornaleros. La abolición del trabajo obligatorio y de la servidumbre fue una de las mayores aspiraciones del siglo 19 en el mundo europeo americano y una de las gestas más significativas para el adelanto del derecho moderno a nivel global.

Hostos Bonilla

Si un extranjero me  preguntara de qué material estaban hechos esos tres seres, no vacilaría en decir que estaban construidos de actos, de riesgos y de exilios y que, probablemente, de sus manos creadoras emanaría el dulce olor de las armas del rebelde: la pólvora y la tinta. Los tres poseían la memoria que se guarda y depura, y las letras que se producen y se difunden con la pasión de un magisterio que nunca termina.

El médico caborrojeño, el abogado de Hormigueros y el educador de Mayagüez serían suficientes para llenar simbólicamente un siglo. Ruiz Belvis, descendiente de venezolanos e hijo de hacendados azucareros; y Betances Alacán y Hostos Bonilla hijos de inmigrantes dominicanos, crece el primero  en el seno de una familia de hacendados azucareros y comerciantes, y el segundo en una de  funcionarios municipales. Tres figuras de la región oeste de Puerto Rico que una vez caminaron por estos pueblos, tres puertorriqueños marginados, tres antillanos insumisos, tres hispanoamericanos que han dejado su huella en el mundo a pesar de todo.

En Hormigueros, Puerto Rico a 1º de junio de 2017
A %d blogueros les gusta esto: